En México, al menos 17 sacerdotes acusados de abuso sexual infantil han recurrido a recursos de amparo para evitar ser detenidos o procesados penalmente. El hallazgo, documentado por el portal Milenio, revela cómo integrantes del clero han utilizado los mecanismos legales para frenar investigaciones o suspender órdenes de aprehensión, mientras las víctimas continúan en busca de justicia.
Una de las denuncias más estremecedoras fue acompañada de la frase: “sentía su lengua y sus babas”, testimonio que refleja el horror vivido por menores de edad agredidos por quienes debían representar confianza y espiritualidad.
Los expedientes revisados en el Poder Judicial muestran que los amparos permiten a los acusados retrasar procesos o mantenerse libres mientras los casos siguen su curso. En varios de ellos, los jueces han concedido suspensiones provisionales, lo que impide que las autoridades ejecuten órdenes de aprehensión o cateos.
Organizaciones como la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) han denunciado que el uso del amparo en estos casos “se ha convertido en una herramienta de impunidad”, ya que los agresores logran prolongar los procesos hasta que prescriben los delitos o se debilita la evidencia.
El fenómeno no es nuevo. Desde 2010, la Iglesia católica mexicana ha reconocido más de 100 sacerdotes investigados por delitos sexuales, aunque solo una parte mínima ha sido sancionada. Casos emblemáticos, como el del fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, o el de clérigos procesados en Aguascalientes y Puebla, exhiben un patrón de encubrimiento y protección institucional.
Defensores de víctimas han insistido en la necesidad de reformar la legislación para que los delitos sexuales contra menores no puedan suspenderse mediante amparos y para garantizar que las investigaciones eclesiásticas sean transparentes y colaboren con las autoridades civiles.
Mientras tanto, las voces de las víctimas siguen exigiendo justicia. Detrás de cada expediente judicial, de cada recurso legal interpuesto, hay historias de fe rota, de silencio impuesto y de una herida que el sistema judicial mexicano aún no ha sabido sanar.









