La Piedad, Mich.- El 24 de julio de 1914, después de que el ejército revolucionario que comandaba el General Álvaro Obregón había tomado la ciudad de Guadalajara y las avanzadas llegaban hasta cerca de Yurécuaro, empezaron alarmantes rumores en esta ciudad de que las citadas avanzadas atacarían la población que estaba defendida por los voluntarios de don Maximiano Velázquez, prefecto del Distrito.
De acuerdo con lo escrito por José Ortíz Servín, en su revista Argos, Don Maximiano Velázquez estaba convencido de que toda defensa sería inútil ante aquella avalancha de revolucionarios que se acercaba; pero había personas interesadas en que no se dejara la plaza desguarnecida hasta que las fuerzas de la columna del General Obregón se avistaran para recibirlas pacíficamente.
Pero las circunstancias de que había muchas gavillas que obraban por su cuenta sin depender de los jefes de la revolución, temerosos los comerciantes, principalmente don Hermenegildo Heredia logró convencer al Prefecto y todos los elementos combatientes subieron a las torres, unos, y otros a los retenes repartidos en diferentes rumbos de la ciudad. Esto sucedía como a las nueve de la noche, y no tardaron mucho en empezar a rodear los revolucionarios a la ciudad y oírse los primeros disparos.
En los retenes se encontraban entre los voluntarios muchos Obreros Católicos, organizados por el entonces cura de esta parroquia señor Nicolás Corona, obreros de los cuales muchos cayeron en el combate.
Toda la noche se combatió y fueron muchos los revolucionarios que murieron y al día siguiente fueron sepultados. Cerca de las ocho horas del día 25 cesó el fuego, después de que don Maximiano Velázquez logró huir cuando la población ya se encontraba prácticamente en poder de los revolucionarios.
Don Maximiano Velázquez dentro de su casa en donde tenía su cuartel general reunió a todos los de la defensa más allegados como eran su cuñado don Heraclio Madrigal, don Vicente Escoto señor, Vicente Escoto hijo y otras conocidas personas que figuraban en su cuerpo de voluntarios arengándolos para que se presentaran a su aventura final, salir por entre sus enemigos a caballo y quedara quien quedara, diciéndoles que era la única salida que les quedaba para no ser aprehendidos y fusilados.
Afortunadamente para don Maximiano y los suyos, cuando estaban ya para salir por la puerta trasera de la casa, se les dificultaba por que un grupo de revolucionarios estaban haciendo fuego desde el callejón próximo.
Entonces don Maximiano les dijo a dos de sus soldados que se pusieran uno atrás de cada hoja del zaguán y que al acercarse alguno de los revolucionarios lo aprehendieran, como lo hicieron con suerte, ya que don Maximiano le ofreció salvarle la vida si le decía la contraseña que traían. Efectivamente, el hombre aquel le dijo que remangarse la manga de la camisa del brazo derecho y gritar viva Lucio Blanco.
Una vez ya con la contraseña don Maximiano mandó matar al sujeto que le había dicho la contraseña y lo echaron al excusado, saliendo todos en tropel, como unos quince, dando la vuelta por la calle Zaragoza y subiendo por 16 de Septiembre, para doblar las últimas calles que dan hacia la ladera Sur.
Naturalmente que en cada bocacalle se encontraban con grupos de revolucionarios los que después de darles la contraseña les decían: «muchachos ya ganamos, ya está tomada toda la ciudad, reconcéntrense». Así pudo salir hasta la garita de Zamora, siguiendo hacia El Pandillo y dando vuelta por Zináparo para seguir a Pénjamo que todavía estaba en poder del gobierno.
Así fue como se salvó un jefe político de esta ciudad, inhumano y feroz, que habiéndole ofrecido al General Mondragón, Secretario de Guerra del traidor Victoriano Huerta, pacificar esta región, cometió abusos tan grandes como su ignorancia ya que no sabía ni leer. Díjole verbalmente al Secretario de Guerra que primero pasarían sobre su cadáver que rendirse.
Con información de «ARGOS», Revista Gráfica. 15 de septiembre de 1960. Director José Ortiz Servín.