Camila tenía cinco años. Emiliano, ocho.
Esa tarde salieron de casa con los ojos brillantes y la ilusión apretada en el pecho. Iban a ver la Cabalgata de Reyes y llegaron temprano, como llegan los que no quieren perderse nada. Se acomodaron en la banqueta, justo afuera del Centro Médico, en pleno corazón de La Piedad, Michoacán.
Ahí la calle es amplia. Enfrente, la parroquia del Señor de La Piedad observa todo con su calma antigua. Es el centro: se puede llegar caminando hasta el bulevar, donde dejaron el carro. Todo parecía perfecto.
Poco a poco, la calle comenzó a llenarse de gente. Primero familias, luego grupos, después empujones. Los adultos empezaron a colocarse delante de los niños, a invadir su espacio, a estirarse como si los regalos no fueran para ellos. Cada vez que desde un carro alegórico volaban dulces o pelotas, el cuerpo de la multitud se tensaba.
—Ahí van los Reyes… —dijo Emiliano, casi sin respirar—. Su traje está precioso. Voy a llevarles mi carta.
No alcanzó.
Una mujer lo jaló del hombro con fuerza. Casi lo tira. Traía una bolsa negra de plástico, de esas grandes, de las resistentes. Ya estaba llena. La apretaba, le sacaba el aire para que cupiera más. Luego llenó otra. Y otra. Y otra más, conforme avanzaba la cabalgata.
No le importó arrebatarle una pelota azul que Fiestina había puesto directamente en las manos de Camila. La niña no lloró. Se quedó quieta, mirando cómo algo suyo desaparecía en una bolsa ajena.
La mamá de los pequeños respiró hondo. Tragó coraje. Miró a sus hijos. Y decidió irse.
Caminaron hacia el arbolito de Navidad. Ahí compraron un helado y un churro con cajeta. El azúcar no alcanzó a endulzar la decepción.
—¿Por qué la gente es grosera? —preguntó Camila.
—No lo sé, hija… no lo sé —respondió su mamá, con la voz cansada.
Esa noche, en casa, le contaron todo a su papá. Él no pudo acompañarlos: trabajó hasta tarde, como casi siempre. Los escuchó en silencio. Luego les pidió que se fueran a dormir temprano, para que los Reyes pudieran hacer su trabajo.
En la sala quedaron los zapatos.
En los tenis gastados de Emiliano había una carta doblada con cuidado. El papá la tomó, la desdobló y leyó:
“Queridos Reyes Magos:
Quiero que me traigan la playera de las Chivas, un tren eléctrico y si se puede una bicicleta.
Pero si no se puede, hagan que mi papá tenga un trabajo donde lo dejen salir más pronto y le paguen más, para que no tenga que irse de mesero los fines de semana.”
En su cuarto, Emiliano era un nudo de emociones.
Estar en la cama a las diez y media de la noche sin poder dormir es difícil cuando se tienen ocho años y es 5 de enero. Las piernas tiemblan. La cabeza vuela.
¿Cómo saben los Reyes dónde vive cada niño?
¿Qué comerán los camellos?
¿Y cómo entran si la puerta está cerrada con llave?
“¿Y si se acuerdan del día que me enojé con mi mamá? ¿Si se dan cuenta de que le pegué a mi hermana? Ay, no… Diosito, perdóname. Yo no soy malo. Que sí vengan. Aunque sea poquito”.
Pensó también en Camila. En todo lo que quería. En que ella sí se había portado bien. Bueno… casi siempre.
La noche avanzó. El sueño llegó despacio. Y Emiliano se quedó dormido con la esperanza intacta, esa que solo existe cuando uno cree en milagros.
En la madrugada, los Reyes Magos hicieron su recorrido imposible. De casa en casa. De barrio en barrio. De ciudad en ciudad. Intentando cumplir deseos, aunque no siempre se pueda.
Y al amanecer, a las seis de la mañana, dos niños salieron corriendo en pijama, sin zapatos, directo a la sala.
Ahí estaban.
Cajas envueltas en plástico brillante. Letras grandes. Colores vivos. Juguetes que quizá no eran los de la televisión, pero sí los que llenan el corazón.
Los Reyes habían llegado.
Y mientras Camila y Emiliano jugaban, los adultos entendieron algo que a veces se olvida:
la ilusión de un niño no se arrebata, se cuida.
Porque cuando se protege, siempre vuelve a aparecer… cada 6 de enero.









