Inicio Destacados ANTES DE QUE NOS LLAMEN

ANTES DE QUE NOS LLAMEN

Por: Rafael Ayala Villalobos

Yo no sé de astrología pero tampoco de psicología, sin embargo creo que no se necesita ser Burrhus (ni modo, así se llamaba) Frederic Skinner o Sigmund Freud, el sexoso, para saber que el presidente y su coro están enojados porque el INE pospuso la consulta de revocación de mandato para cuando haya dinero. Es como cuando el papá le dice a su hijita quinceañera: “luego que se pueda le hago su fiestecita mi´ja, orita no”. Es que como dice el profeta del Camichín, “a nadie le gusta que se le caiga su teatrito”. No obstante, en el fondo están contentos porque la oposición sigue que ni ata ni desata y la popularidad de los que mandan se mantiene alta. Entretanto la población soporta el encarecimiento de los productos de la canasta básica, de la electricidad, del gas y de la gasolina, y ya ni se diga que también aguanta vara con tanta violencia, sin medicinas y un enorme desbarajuste del sistema de salud. Cómo no va a estar todo encarecido si la inflación, o sea el aumento de los precios, está a casi 8 por ciento anual.


La situación del país está dividiendo, polarizando, diluyendo la unidad nacional, destruyendo lo que había de una democracia en pañales. Ataques van y vienen sobre todo en las redes sociales. Unos en contra y otros a favor, y todo eso nada bueno augura, excepto para el Ejército hace-de-todo, beneficiario económico de las consignas presidenciales (a ver luego quién es el valiente que los devolverá a sus tareas constitucionales). Dice el profeta del Camichín que por eso el presidente mima al Ejército, porque sabe que el pueblo es como una novia veleidosa, cuando empiece a ya no aguantar los malos resultados, puede voltearse y entonces sólo será el Ejército “el garante patriótico de la continuidad del proyecto transformador”.

Yo les digo: bajémosle tres rayitas al encono, serenémonos porque la locura nada resuelve. Aprovechemos que estamos vivos y que la época navideña nos invita a la reflexión y a vernos más como hermanos que como competidores políticos. Y digo que aprovechemos que estamos vivos hoy porque mañana quién sabe…, ya ven cómo están las cosas. A propósito les platico que una vez en el panteón de Holguín, Cuba, vi una lápida que decía “Retirado por Dios” y otra que rezaba “No me voy, me llevan”. Con esos u otros epitafios vemos tumbas muy elegantes y adornadas, pero ni así se nos antoja estar ya en puro cuerpo ahí. Tocamos madera, en el fondo sabemos que alrededor de los 70 años dejaremos éste mundo y más ahora que el coronavirus sigue rondando.

¿Y qué hacemos en 70 años? Dicen los que saben que dedicamos 23 años a dormir, 16 a trabajar, 8 a ver televisión o internet, 6 a comer, 2 a vestirse, 6 a viajar, 4 a la diversión, 1 a la religión y que sobra a otras cosas.

Si la distribución es verídica tenemos que aprovechar la Navidad para reflexionar y adoptar decisiones, porque nuestra prisa de querer regresar “a la normalidad” luego del relajo de la pandemia puede ser simplemente querer seguir escarbando en el túnel en el que nos hemos metido, que dificulta la justicia social y la igualdad por preferir engordar mezquinos y minoriatarios intereses, que nos sume en el egoísmo materialista, que no nos deja ser solidarios y ni siquiera superarnos en lo personal y que, de pilón, nos lleva a la destrucción de la Casa de Todos, nuestro planeta.

Vivamos con más sencillez, humildad y amor, más a lo campirano, dedicados a actividades que realmente “valgan la pena” personal, familiar y socialmente, antes de que “nos lleven” o que Dios “nos retire”, y eso si es Dios, porque puede ser don Sata… que anda suelto (el otro día lo vi, luego les platico).

Decidamos ya qué haremos, cómo nos dedicaremos a las rutinas cotidianas con todo entusiasmo y disfrute.

Hay que optar por esas cosas tan importantes como estar cerca de los que nos quieren, de los amigos sinceros, de nuestros familiares y aliados con los que perseguimos ideales justos, amorosos y libertarios y por supuesto a trabajar con denuedo porque como dijo san Pablo: “El que no trabaja, no come”.

Decidamos vivir sin prisas, conducirnos con buenas palabras, practicar la ayuda mutua, emprender aquél proyecto que hemos pospuesto, participar para tener una mejor sociedad y un mejor gobierno, sin enfrascarnos en la búsqueda frenética de lo material y sin desgastarnos en querer tener siempre la razón (éste era un consejo de mi tía la Nena Villalobos).

Hoy imaginemos cada momento, para trabajar contentos, para abrazar, para mirar al cielo con la cara libre al viento, para amar no porque nos amen, sino porque eso somos: amor; no para que nos hagan felices, sino para ser felices primero y luego compartir nuestra felicidad.

Este momento de pausa dediquémoslo también a lo que no termina, a lo que no tiene fecha de caducidad: pulir nuestra piedra bruta, para que cuando “nos retiren” seamos una cantera embellecida.

¡Felíz Navidad!