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¿QUÉ SOÑASTE?

Por: Rafael Ayala Villalobos

Mi amigo Marcio, tamaulipeco él, avecindado en Monterrey “porque los vientos me trajeron acá”, sueña chistes cuando está solo en su recámara, en la sala y hasta en el baño. El otro día me dijo que soñó éste: A un gallego le leía la palma de la mano una gitana encanecida. “Morirás a manos de un tarugo”, le dijo enarcando las cejas. Él protestó: “!Pero si yo no he pensado en suicidarme…!”


Buenos o no, el chiste es que sueña chistes porque como no tiene ni perro que le ladre, habla solo. Entonces sueña y sueña. Es furibundo amloísta, pero no morenista. “Amlo ganó por él, porque nos abrió los ojos cuando estábamos como perritos recién nacidos, pero no soy morenista porque Morena no me gusta”, me dijo en diciembre del año pasado cuando me llamó para desearme feliz navidad.

Yo le he dicho que es mejor confiar en las instituciones hechas por la sociedad que en los caudillos. “!No, ese es error, amigo, AMLO, es la expresión más genuina de la actualización ética de la Revolución Mexicana!”. Y ante tanta vehemencia mejor le cambio el tema, no se vaya a enfermar a sus 65 años.

Marcio tiene en su casa de Mitras, en Monterrey, donde alguna vez me albergó un mes cuando trabajé en la Secretaría de Salud de allá, una sala verde para soñar porque dice que los sueños son verdes. Es la habitación más importante de su casa y nadie tiene derecho a gritar allí sin su permiso. Ahí guarda los sueños de toda la vida, perfectamente bien clasificados, por noches y por días; otros por temas. Los sueños repetitivos están en una gran caja amarilla con divisiones: los de cuando vuela, los de cuando se le caen los dientes, los de cuando platica con su madre difunta, los de cuando del músculo de su pierna le salen culebras, y los eróticos, que son los más abundantes, sobre todo donde aparece Belinda, no la cantante, sino la que fue su novia en la secundaria.

A Marcio no le gusta soñar en la calle aunque también lo hace, causándole enojo el hecho de que no pueda suspender el paseo o el viaje, parar el trabajo o dejar plantado a su interlocutor. Cuando mejor sueña es cuando va al sanitario o a la regadera. Ahí goza soñando hasta que el sueño está acabado y registrado: sabe, por experiencia, que un sueño que no se fija en el archivero es un sueño que se desvanece. No se preocupa mucho de interpretarlos. Pero sabe que un hombre dormido es un hombre a medias y cuando en el sueño aparece un león en forma de gato, acepta la ambigüedad como un don preciado de la memoria más antigua e impersonal. 

¿O qué acaso el hombre, en otros tiempos, no convivió con unicornios, quimeras, trolls, serpientes de dos cabezas y hasta más? ¿No es cierto que hay gente que cuando frunce el ceño parece que le brotara un cuerno de unicornio?

Marcio ha alcanzado gran dominio sobre los sueños y hasta los para, los guía, los provoca, o les agrega personajes. Cuando ve películas de violencia al final del día, sufre sueños violentos. A veces cuando un sueño se va por una dirección equivocada, lo corrige dentro del mismo sueño, si se le rebela, insiste hasta amansarlo. 

Detesta a la gente que no consigue acordarse de sus sueños –como yo- o lo hace a medias. A donde va, siempre anda preguntando a la gente qué soñó anoche y se fastidia cuando se los cuentan despacio.

Opina de los que no tienen sueños que son gente superficial, hombres que sólo razonan y tienen opiniones.

Al contar los sueños lo importante no es de qué se tratan, dice, sino el clima, la emoción, la clase de percepciones que suministran. Lo narrativo es urgencia de la novela; el mundo de los sueños es el de la poesía sin palabras. “Mira, Rafa, las mejores poesías, las mejores películas y los mejores sueños, son mudos”. Creo que sí, porque lo mudo es terrible por su poder para decir no diciendo algo.

Se separó de su mujer un día domingo de desayuno largo.  Ésta tuvo el atrevimiento de decirle que había tenido un sueño similar al suyo. 

Marcio, entristecido, comprendió que intentar poseer el sueño de otro es la más terrible de las posesiones y que sólo puede conducir a la destrucción; se sintió a punto de ser violado, o algo así, o por lo menos estafado…, y ese mismo día se fue de su hogar para siempre. 

Ella, ingenuamente, había creído que decirle que tuvieron sueños coincidentes  se trataba de un acto de amor.

En diciembre pasará por La Piedad, ya me advirtió que quiere ir a las patitas de don Leoba. De seguro me preguntará: ¿qué soñaste ayer?